En la historia de los estados latinoamericanos nacidos del resquebrajado Imperio español, las décadas siguientes a la proclamación de la independencia vieron surgir un constructivo empeño dirigido a apuntalar las nuevas nacionalidades. Los protagonistas de la gesta, lógicamente se volvieron pronto el objeto de una veneración colectiva, dentro de la cual “el culto al héroe” cumplía una pragmática función aglutinante al servicio de la incipiente conciencia nacional. La figura de Artigas no escapó a este proceso y hoy es reverenciado en su patria como “el héroe” por su excelencia, pese a haber sido, por mucho tiempo, uno de los personajes discutidos con más pasión en el Río de la Plata.
Nacido en Montevideo el 19 de junio de 1764, Artigas se distinguió por el contenido ultra revolucionario de su programa, cuyos principios políticos y sociales divergieron fundamentalmente de las concepciones sostenidas por los hombres de 1810. En los diez años de su carrera política (1811-1820) desplegó una actividad preponderante y polifacética. Como conductor de milicias revolucionarias defendió ante todo las fronteras de las Provincias Unidas contra el declinante poder español y enfrentó al invasor portugués que no ocultaba sus viejas pretensiones expansivas, dirigidas al acceso a los grandes ríos.
Como político, persiguió un programa concreto, sólo parcialmente logrado.
“Apóstol” de la idea republicana, enfrentó las tendencias monarquizantes de su tiempo. Defensor incansable de la soberanía popular, bregó por imponer en la nueva organización del antiguo Virreinato un régimen de gobierno federal al unitarismo de la oligarquía bonaerense.
Caudillo de firme arraigo, penetró con su intuición las necesidades de las masas criollas del interior rioplatense y postuló una transformación revolucionaria de las estructuras económico-sociales de estas regiones. Sosteniendo con fervor por sus “paisanos” apoyado firmemente por algunos hacendados criollos y con menos entusiasmo por ciertos sectores del comercio montevideano; resistido por los intereses monopolistas, fue finalmente derrotado por la oligarquía de Buenos Aires que desde 1814 puso a precio su cabeza y lo condenó a un ostracismo que duró tres décadas, lapso durante el cual surgió el nuevo estado oriental, desmembrado de las Provincias de la Unión y se impusieron fórmulas políticas diferentes a las que él sustentara.
El 23 de setiembre de 1850 murió en Asunción del Paraguay. Un siglo y medio después, la supervivencia de muchos postulados de su ideario, y aún la llamativa vigencia de sus conceptos sociales, provocan hoy la reflexión incitante.
Mucho más que el héroe de bronce, importa y resalta el legado del hombre que supo encauzar la viva realidad de su tiempo formulando un programa de cambio acorde con el compromiso de un auténtico revolucionario.
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