Clara Schumann
Clara Josefina Wieck fue pianista, profesora de música y compositora de probado talento. Pero no pasó a la historia sólo por sus cualidades musicales sino por haber sido la esposa de Robert Schumann. Nació en Alemania, en la ciudad de Leipzig, el 13 de setiembre de 1819. Su padre fue el renombrado pedagogo musical Friederick Wieck y su primera esposa, la pianista Marianne Tromlitz, su madre.
La música la rodeó desde pequeña y comenzó a estudiar piano a los cinco años con su padre, quien la introdujo en la teoría y le desarrolló su maravillosa condición para improvisar. Las primeras lecciones de composición se las dieron Th. Weiling y Heinrich Dorn. Con sólo diez años, Clara ya compuso sus primeras piezas y después de 1834 estudió composición e instrumentación con C. G. Reissiger, en Dresden. También estudió violín y canto con Mieksch. Continuar leyendo…
Como un rito, la Ópera de Paris representaba varias veces por año “Fausto”, de Gounod, entre 1869 y 1930. Todos los escenarios de Francia la ofrecían, y se sabe que en medio siglo se cantó dos mil veces en teatros de Paris solamente. Cuando fue inaugurado el Metropolitan de Nueva York, en octubre de 1883, la ópera elegida no fue de Verdi ni Donizetti. Fue “Fausto”, que había tenido mala estrella. En los ensayos se enfermó el tenor protagonista y hubo que sustituirlo con otro muy inferior. Un censor temió que una escena en la iglesia ofendiera al clero y se invitó al nuncio apostólico a que la viera. EI dignatario no halló inconveniente y la música le gustó. Lo que no le dijeron al censor es que el nuncio católico era ciego…
Quizá ningún músico ejerció una influencia mayor en vida tan breve: cinco años de producción que cambiaron la óptica de la ópera e impusieron en Nápoles, en Italia y en Europa el auge del género bufo, bocanada de aire fresco en una época acostumbrada al genero serio, con personajes mitológicos o históricos y un desarrollo que, salvo en sus obras notables, mostraba una reiteración monótona y falta de vida genuina.
Muy cerca de los 92 años vivió Jan Sibelius, que había dejado de componer a los 63. Treinta años de silencio no son un caso raro. A los 38 Rossini se entregó a la buena vida: viajes, amoríos y comilonas, durante más de treinta. El italiano siempre había sido un perezoso. Quizá hubo un elemento común en ambos retiros: Rossini quedó fuera de moda ante el avance de Bellini y Donizetti, y Sibelius había quedado aislado en 1929, cuando Debussy, Ravel, Stravinsky, Prokofiev y el grupo Schoenberg-Berg-Webern trastornaron la estética musical, en coincidencia con Braque, Picasso, Bufy, Matisse, el cine y la técnica que dominarían el siglo XX.
Era bella y suntuosa, cualidades que combinadas con el talento hicieron que pocos le perdonaran su ambición y su manera de vivir la vida. Frecuentaba a los Goncourt, era amiga de Mallarmé, de Daudet, de Villiers, quien dijo de ella: “Lo que más sorprende es la cualidad viril de su talento musical”. “Una esfinge” que hizo pública su admiración por Cesar Franck pero silenció sus primeras piezas y sus amores. Al principio, Augusta ocultaba su identidad de autora bajo un seudónimo masculino.
Entre los talentos del arte hay, por lo menos, dos clases: los que inician un rumbo, como proa de barco, y los que llevan su arte a una culminación por la síntesis, maestría y perfección de la factura. Entre los primeros, que son los menos, la música cuenta a los, Gabrieli y Gesualdo, en el siglo XVI; a Frescobaldi y Monteverdi en el XVII; a Gluck, Alessandro Scarlatti y Pergolesi en el XVIII; a Beethoven, Liszt, Berlioz, Mussorgsky y Wagner en el XIX, a Debussyy, Stravinsky, en el XX. Los genios de la síntesis se dan mucho más: Dufay, Lasso, Bach, Haendel, Vivaldi, Mozart, Haydn, Schubert, Verdi, Ravel…
Cuando se habla de grandes músicos, se pasa por alto a Jacques Offenbach. Pero quien vio “Los cuentos de Hoffmann” no lo olvida. Su ópera “seria”, que no llegó a concluir, es perfecta en dos tercios de su transcurso, y entre sus 102 operetas hay por lo menos diez obras maestras que podrían ser consideradas óperas bufas de las mejores y mas divertidas. Lo es “Orfeo en los infiernos”, una chanza que traspone el mito griego al ambiente de la burguesía en 1858 (que se llamaba “belle epoque” porque era amable, aunque no para todos). También “La bella Helena”, insuperable broma sobre la guerra de Troya que data de 1864. Asimismo en “Barba Azul”, las esposas del feroz tirano gozan todas de buena salud…
No hay un solo romanticismo, sino por lo menos tres: el germen brota en el último Beethoven, en Schubert y en Weber, de disímil estatura. En Berlioz, Chopin, Mendelssohn, Schumann, Liszt y Wagner, como también en Bellini, Donizetti y el primer Verdi, culmina esa corriente, en la cual se incluyen más tarde Brahms, Cesar Franck, Tchaikovsky y Edvard Grieg, para incluir solamente los más destacados (dejando de lado a John Field, Marschner, Heinrich Nikolai y Offenbach).
Alma secreta la de don Manolito: no hay muchas músicas más sensuales que la de “El amor brujo” y él pasa por ser un asceta que ha escondido sus pasiones, que sin embargo pudieron tener testigos en España. Nacido en Cádiz el 23 de noviembre de 1876, Manuel María de Falla y Mateu se aficionó a lo popular al oír cantar a una criada. Estudió piano y ganó un primer premio a los 22 años, pero ya había compuesto algo y pronto se dedicó a la zarzuela como los italianos a la ópera: porque era el único genero que atrapa al público a principios de siglo.
Usted puede leer mucho sobre música y músicos. Le hablarán de técnica, estilos, escuelas. Raramente se internarán en la psique del compositor. Beta Bartók fue un inquieto, agitado, hasta agresivo sin violencia. Su mirada profunda no traduce calma, aunque sí bondad.