Giovanni Pergolesi
Quizá ningún músico ejerció una influencia mayor en vida tan breve: cinco años de producción que cambiaron la óptica de la ópera e impusieron en Nápoles, en Italia y en Europa el auge del género bufo, bocanada de aire fresco en una época acostumbrada al genero serio, con personajes mitológicos o históricos y un desarrollo que, salvo en sus obras notables, mostraba una reiteración monótona y falta de vida genuina.
La vida de Giovanni Battista (Gianbattista) Pergolesi o Pergolese sería novelada magistralmente o llevada al cine por quien supiera interpretar ese latido de moribundo prematuro, que tal fue el chico enfermizo, débil, con una pierna izquierda deforme y tuberculoso temprano: un cuadro más dramático que el de Chopin, pues los Pergolesi (oriundos de Pergola, provincia de Pesaro, región de Marcas, como Rossini) eran muy pobres. El chico, nacido el 4 de enero de 1710, apenas recibió enseñanza musical de dos o tres curas del pueblo hasta que, a los 16 años, un noble llamado Pianetti lo mandó por su cuenta a estudiar en Nápoles, al Conservatorio de los Pobres de Jesucristo (¿hay algo de esto en nuestros tiempos?), donde sorprendió por su inventiva a sus maestros Greco y Durante, y a los 21 años comenzó a escribir obras que no tuvieron éxito. Continuar leyendo…
Clara Josefina Wieck fue pianista, profesora de música y compositora de probado talento. Pero no pasó a la historia sólo por sus cualidades musicales sino por haber sido la esposa de Robert Schumann. Nació en Alemania, en la ciudad de Leipzig, el 13 de setiembre de 1819. Su padre fue el renombrado pedagogo musical Friederick Wieck y su primera esposa, la pianista Marianne Tromlitz, su madre.
Muy cerca de los 92 años vivió Jan Sibelius, que había dejado de componer a los 63. Treinta años de silencio no son un caso raro. A los 38 Rossini se entregó a la buena vida: viajes, amoríos y comilonas, durante más de treinta. El italiano siempre había sido un perezoso. Quizá hubo un elemento común en ambos retiros: Rossini quedó fuera de moda ante el avance de Bellini y Donizetti, y Sibelius había quedado aislado en 1929, cuando Debussy, Ravel, Stravinsky, Prokofiev y el grupo Schoenberg-Berg-Webern trastornaron la estética musical, en coincidencia con Braque, Picasso, Bufy, Matisse, el cine y la técnica que dominarían el siglo XX.
En Europa, Carlos Chávez hubiera sido una gran personalidad, como lo fue en México durante más de medio siglo. Los cargos que ocupó fueron de trabajo incesante para revitalizar la música de su país, y fue el mismo quien impulsó las instituciones básicas. Nacido en un hogar modesto de La Calzada (Tacuba) el 13 de junio de 1899, estudió con Ogazón y con Ponce, y a los 22 compuso el ballet El fuego nuevo, que podría relacionarse con Rito de primavera (Stravinsky) por su primitivismo arqueológico, al igual que Los cuatro soles, de cinco años después. Más insistencia en una música lejana, aborigen, precolombina, revela Xechopilli-Macuixochitly también el ballet H.P., de 1932. Por fin, la Sinfonía india, de 1936, recoge también sonidos de instrumentos muy remotos, que tal vez sobrevivían en selvas y montañas.
Alberto Ginastera, nacido en Avellaneda el 11 de abril de 1916 y fallecido en Ginebra el 25 de junio de 1983, es en la música argentina una bisagra que enlaza la motivación folklórica, nativista o nacionalista con el lenguaje del siglo actual en Europa y Estados Unidos. Su formación académica no tuvo nada en común con la de Villa-Lobos, pero su coincidencia era inevitable. Ambos, admirando a Bach o a Beethoven, sintieron que ellos no agotaban sus vivencias de americanos del siglo XX. La música de siempre, pero aquí y ahora, será el lema de los americanos -del norte, centro y sur-, fueran ellos el exitoso Gershwin, el avanzado Charles Ives, los actuales Edgar Valcarcel y Héctor Tosar (del Perú y el Uruguay, respectivamente).
Era bella y suntuosa, cualidades que combinadas con el talento hicieron que pocos le perdonaran su ambición y su manera de vivir la vida. Frecuentaba a los Goncourt, era amiga de Mallarmé, de Daudet, de Villiers, quien dijo de ella: “Lo que más sorprende es la cualidad viril de su talento musical”. “Una esfinge” que hizo pública su admiración por Cesar Franck pero silenció sus primeras piezas y sus amores. Al principio, Augusta ocultaba su identidad de autora bajo un seudónimo masculino.
Entre los talentos del arte hay, por lo menos, dos clases: los que inician un rumbo, como proa de barco, y los que llevan su arte a una culminación por la síntesis, maestría y perfección de la factura. Entre los primeros, que son los menos, la música cuenta a los, Gabrieli y Gesualdo, en el siglo XVI; a Frescobaldi y Monteverdi en el XVII; a Gluck, Alessandro Scarlatti y Pergolesi en el XVIII; a Beethoven, Liszt, Berlioz, Mussorgsky y Wagner en el XIX, a Debussyy, Stravinsky, en el XX. Los genios de la síntesis se dan mucho más: Dufay, Lasso, Bach, Haendel, Vivaldi, Mozart, Haydn, Schubert, Verdi, Ravel…
Cuando se habla de grandes músicos, se pasa por alto a Jacques Offenbach. Pero quien vio “Los cuentos de Hoffmann” no lo olvida. Su ópera “seria”, que no llegó a concluir, es perfecta en dos tercios de su transcurso, y entre sus 102 operetas hay por lo menos diez obras maestras que podrían ser consideradas óperas bufas de las mejores y mas divertidas. Lo es “Orfeo en los infiernos”, una chanza que traspone el mito griego al ambiente de la burguesía en 1858 (que se llamaba “belle epoque” porque era amable, aunque no para todos). También “La bella Helena”, insuperable broma sobre la guerra de Troya que data de 1864. Asimismo en “Barba Azul”, las esposas del feroz tirano gozan todas de buena salud…
No hay un solo romanticismo, sino por lo menos tres: el germen brota en el último Beethoven, en Schubert y en Weber, de disímil estatura. En Berlioz, Chopin, Mendelssohn, Schumann, Liszt y Wagner, como también en Bellini, Donizetti y el primer Verdi, culmina esa corriente, en la cual se incluyen más tarde Brahms, Cesar Franck, Tchaikovsky y Edvard Grieg, para incluir solamente los más destacados (dejando de lado a John Field, Marschner, Heinrich Nikolai y Offenbach).
Alma secreta la de don Manolito: no hay muchas músicas más sensuales que la de “El amor brujo” y él pasa por ser un asceta que ha escondido sus pasiones, que sin embargo pudieron tener testigos en España. Nacido en Cádiz el 23 de noviembre de 1876, Manuel María de Falla y Mateu se aficionó a lo popular al oír cantar a una criada. Estudió piano y ganó un primer premio a los 22 años, pero ya había compuesto algo y pronto se dedicó a la zarzuela como los italianos a la ópera: porque era el único genero que atrapa al público a principios de siglo.