Leonardo Da Vinci
El genio de Leonardo de Vinci -artista prodigioso, ingeniero profético- proporciona una de las mejores ilustraciones de la mentalidad renacentista, creadora infatigable de modelos y de esquemas a través de los cuales se esboza ya el rostro del nuevo mundo técnico e industrial.
Como sus contemporáneos, Leonardo no se contenta con profesiones de fe: aborda resueltamente el dominio de las realizaciones con el entusiasmo de toda experiencia en sus comienzos. Y puesto que, de algún modo, como hombre del Renacimiento, él es el objeto de su más alta ambición, quiere hacerse a sí mismo mediante la comprensión universal de todas las cosas y de su propia naturaleza. De allí la aspiración a transformarse en una enciclopedia viviente, su curiosidad alerta, su permanente búsqueda de nuevos campos del conocimiento y de la expresión.
Empresa digna de Prometeo y que no conoció el éxito en la medida de sus esperanzas, porque, aunque contenidos, los mitos antiguos todavía permanecen en la conciencia y el sabio de la época -Leonardo inclusive- no ha franqueado, como supone, las tradiciones, prejuicios y supersticiones. Resulta difícil hoy hacer justicia a las formas del pensamiento y del saber del Renacimiento, en tanto sus categorías no son las del discurso racionalista. Es preciso aceptar que estamos ante el límite de dos mundos intelectuales, ante un momento de “ambigüedades” en que los antiguos sistemas no han desaparecido del todo y una sociedad nueva pugna por nacer.
Embriagado por una libertad recién descubierta, el hombre hace de la curiosidad su virtud central, pero le faltan los medios indispensables para ponerla en funcionamiento y, antes que nada un lenguaje y un método. De allí que su audacia no sea jamás total y sus descubrimientos, aún los más proféticos, deban esperar todavía largo tiempo una justificación positiva, hasta el momento en que se cuente con una nueva evaluación de la condición humana.
Estas palabras valen para toda la época y para Leonardo en particular, que fue uno de sus representantes típicos, y encuentran su mejor expresión en las reflexiones de Vasari, donde pone en descubierto la falla secreta: “Verdaderamente admirable y celeste fue Leonardo… hubiera avanzado muy lejos… si no hubiese sido tan cambiante y variable; pues se ocupó de aprender demasiadas cosas que, apenas iniciadas, dejaba abandonadas… pero jamás dejó de dibujar y modelar y parecería que fue justamente su gran inteligencia para el arte la causa de que, habiendo comenzado tantas cosas, no haya terminado ninguna. Creía que su mano jamás podría alcanzar la perfección del arte…”.
Leonardo nació en Anchiano, comuna de Vinci (Italia) en 1452 y murió en Cloux (Francia) en 1519.
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