No lo habrá escrito, pero lo cumplió. Serguei Sergueievich Prokofiev, puro ruso aunque nacido en Ucrania (Sontsovka, el 23 de abril de 1891), debutó como un genio original, alumno de Liadov, Rimsky-Korsakov y Tcherepnin.
A los 17 era furiosamente antirromántico, inquieto como persona, como músico y como pianista. Siguió siéndolo prácticamente los 62 años que vivió, sólo que amortiguando su agresivo talento inicial según las directivas de los censores del partido bolchevique, que predicaban la necesidad de que la música (todo el arte) debía ser comprensible para el pueblo, entendido como masa.
En rigor, Prokofiev fue siempre comprendido, porque su audacia, su sarcasmo y la profunda originalidad de su obra nunca lo distanciaron de la aprobación de todo auditor sensible.
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Hay seres destinados al cambio y la mudanza, y uno de ellos fue Igor Feodorovich Stravinsky, que nació en el norte de Rusia (Oranienbaum) el 17 de junio de 1882. Vivió en Francia, luego en Suiza transitoriamente, de nuevo en Francia mas de 20 años (adoptó su ciudadanía en 1936) y desde 1939 -aislado por la Segunda Guerra- en Estados Unidos, cuya nacionalidad tomó en 1945. Murió en Nueva York el 6 de abril de 1971, diez semanas antes de su onomástico, iba a cumplir 89 fecundísimos y cambiantes años.
A los 23 años era licenciado en Derecho -por deseo paterno-pero, ya decidido a ser músico, estudio con Nikolai Rimsky-Korsakov y logró una maestría orquestal que entusiasmó a Serguei Diaghilev, futuro fundador de los Ballets Rusos, quien le encargó la música para “El pájaro de fuego”, ballet de Michel Fokin. De un consejo de este sacó buen partido: “No enuncies la melodía importante ya completa, sino sólo una muestra; la interrumpes y sólo después la presentas entera”. Claude Debussy lo había hecho diez años antes, pero Stravinsky llevó a la danza y su música este “suspenso” que será un sello distintivo de la música moderna.
“El pájaro de fuego” (1910) lo hizo famoso en un día, y al año siguiente se apoyó en más elementos debussianos que finalmente condujeron al extremo la fragmentación de las melodías en otro ballet (”Petruchka”, Pedrito, también de Fokin), colmado de brusquedades y violencias.
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Sus colegas reprochaban a Piotr (Pedro) que su música no era ciento por ciento rusa, y ese equívoco se mantuvo mucho tiempo. Pero la autoridad de Igor Stravinsky puso las cosas en su lugar. El advirtió que lo ruso es una esencia natural en Tchaikovsky, en tanto el nacionalismo de los famosos “Cinco” es premeditado, buscado, reflexivo.
No es el único error que se comete con él. Los germanos no aprecian su arte por su gran carga emocional, descuidando que al mismo tiempo está encuadrado en una técnica de composición impecable. Es conocida la mutua antipatía que se tuvieron Brahms y él, no en el terreno personal, sino en el estrictamente musical. El alemán encontraba “desordenada” la música del ruso, y este juzgaba fría y demasiado calculada la de su colega. Se lo dijeron, cada uno al otro, con suma cortesía, en un almuerzo, y nunca más se habló del asunto. No hacia falta. La divergencia era profunda y temperamental.
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