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Adolf Hitler
Las generaciones futuras querrán comprender la increíble aventura de Hitler. La explicación no es fácil porque el análisis debe desenvolverse sobre niveles muy diferentes.
En primer término, tenemos el carácter del hombre: paranoico, con una personalidad profundamente compleja que sólo parece encontrar coherencia interior en la voluntad de poder, es, con toda evidencia, un desclasado que supo aprovechar hábilmente los escrúpulos y contradicciones de sus adversarios. Más que un fanático o un iluminado, es un ser racional, calculador y comediante, cuya constante mezcla de cinismo y fraseología idealista, de valores y razones puestos al servicio de cálculos oportunistas, obscurecido por tabúes, prejuicios e ignorancia, explica quizás la fascinación que ejerció sobre sus contemporáneos.
¿Hacia dónde tiende esta voluntad de poderío, desde el momento que no está al servicio de una ideología ni de una satisfacción personal? Es cierto que la feroz avidéz de este arribista trasunta el egoísmo más monstruoso, pero Hitler es más que nada un mito, el del Führer infalible y omnipotente, y si bien sabemos que esta imagen surge del hábil empleo de la propaganda, el hombre se identificó poco a poco con el mito del que se servía. Así, a partir de 1938, la lucidez lo abandonó e hizo presa de él la confusión entre el frío análisis de la realidad que le permitía gobernar y la figura del jefe con la que gobernaba.
La satisfacción de la sed de poderío hizo surgir en él una necesidad de dominio aún más grande y, lentamente, el equilibrio, quizás excepcional, de estas facultades contradictorias, se despedazó.
Sin embargo, Hitler no es todo el nazismo. Junto a él está el pueblo alemán, y se plantea el problema de su culpabilidad: culpabilidad que no puede limitarse a los grupos y hombres cuya responsabilidad directa es bien conocida. Pero tampoco puede olvidarse la complicidad extranjera: los ambientes financieros anglo-sajones; la alta burguesía francesa, inquieta ante la amenaza del frente popular, Stalin, que previendo la amenaza que representaba el nazismo, sacrificaba Alemania y la revolución par consolidar la defensa de la URSS.
Hitler no aparece sólo como el mago de los sentimientos populares ni como el títere de grupos ocultos. Para que triunfase, fue necesario el encuentro de determinados elementos por una parte, una personalidad vulgar pero dotada, que supo explotar el momento, por otra, una situación social e histórica propia de Alemania, una sociedad burguesa en crisis y una civilización profundamente dividida.
Todo ello posibilitó la experiencia nazi, que todavía hoy nos plantea no sólo un interrogante sobre nuestros valores políticos y económicos, sino que obliga a un reexamen inquietante sobre el sentido de nuestra civilización.
Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Braunau, ciudad sobre el Inn, se suicidó en Berlín el 30 de abril de 1945.
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