Benito Mussolini
Si hay un personaje en la historia reciente de Italia cuya figura y cuya vida es prácticamente imposible evocar con desapego y objetividad ése es Mussolini, tal es el cúmulo de pasiones, sugestiones, sentimientos, resentimientos, rencores, odios y polémicas que ha provocado y que están aún vivos en millones de italianos.
Todo el ciclo de su aventura política lleva el sello de su desconcertante personalidad que ejerció una gran fascinación al punto que, si bien durante un cuarto de siglo, sucesos y hechos inconfundibles se acumularon para probar que la realidad era diferente, el mito de la “revolución” mussoliniana se impuso, se mantuvo y sobrevivió hallando siempre nuevos creyentes que, casi como víctimas propiciatorias, le ofrecieron el sacrificio de su inteligencia, su razón y a menudo su vida. Es espejismos de la “revolución” nunca realizada constituyó una trágica y hoy inverosímil alucinación y de tal deslumbramiento funesto fueron responsables Mussolini y su personalidad poco común pero, más que todo, la clase dirigente conservadora italiana, que se valió de él con extraordinaria habilidad.
Sin embargo, pese a las opiniones contradictorias sobre el personaje y sobre el fascismo en general, los italianos saben, sin la posibilidad de revisión, cuánto daño han hecho al país el hombre y el régimen y, sin excluir la existencia de condiciones que contribuyeron a afianzarlo, no tienen dudas que Mussolini significó para Italia atraso, oscurantismo y desventura.
El juicio histórico sobre el duce sólo podrá ser severo y claro con el transcurso del tiempo. La historia no se preocupa por las intenciones, las contradicciones, los dramas íntimos y lo que en las palabras o en las apariencias, contrasta con los hechos esenciales, sino que valora y clasifica a éstos en grandes síntesis. Y no podrá haber duda en tal cuadro, que Mussolini, aún si aspiró a lo mejor para su país, no lo realizó.
El antiguo militante socialista convertido en dictador de derecha, nació el 29 de julio de 1883 y fue ejecutado por los guerrilleros italianos el 28 de abril de 1945.
Hijo y sucesor de Filipo de Macedonia, Alejandro el Grande, también llamado Magno, nació en el 356 a.C. y era un joven de veinte arios a la muerte de su padre. Supuesto descendiente de Heracles y de Aquiles, ambos antepasados místicos pertenecían al aspecto “griego” de su alma que siempre rivalizó con su naturaleza “bárbara” y, desde sus primeros movimientos fue claro su deseo de aparecer como el líder de los griegos. Discípulo de Aristóteles, este le trasmitió su interés general por el saber y por la ciencia que lo llevaba a indagar en todos los campos de la investigación; mas aún, la clara conciencia de sus deberes hacia el helenismo, tan importante en los primeros arios de Alejandro, se debió en buena parte al consejo de Aristóteles. Así adhirió a la idea de una guerra contra Persia con la sensación apasionada de ser el campeón de Grecia en la lucha contra los bárbaros, el segundo Aquiles, el vengador de la invasión persa, ciento cincuenta arios atrás.
EI “hombre del destino”, llamó Winston Churchill a de Gaulle, el brillante militar de las actitudes “de rey en el exilio” que identificó a su persona con Francia y a Francia con el ombligo del mundo. En su juventud ha leído a Rostand: ¿Qué decís?”… ¿Qué la victoria/ quien la ansía no la alcanza/… ¡Si no hay de triunfo esperanza. / hay esperanza de gloria!” y supo buscar la gloria para él y para Francia por caminos insólitos a veces, discutibles y criticados otras, pero siempre con fuerza, con altanería.
En 1892- en una España cautelosamente liberal, esperando en la regencia de doña María Cristina la mayoría de Alfonso, bajo la inconmovible alianza del ejército, el trono y el clero - se iniciaba la vida de Francisco Franco Bahamonde, un natural del El Ferrol que marcará la historia de España.
En la historia de los estados latinoamericanos nacidos del resquebrajado Imperio español, las décadas siguientes a la proclamación de la independencia vieron surgir un constructivo empeño dirigido a apuntalar las nuevas nacionalidades. Los protagonistas de la gesta, lógicamente se volvieron pronto el objeto de una veneración colectiva, dentro de la cual “el culto al héroe” cumplía una pragmática función aglutinante al servicio de la incipiente conciencia nacional. La figura de Artigas no escapó a este proceso y hoy es reverenciado en su patria como “el héroe” por su excelencia, pese a haber sido, por mucho tiempo, uno de los personajes discutidos con más pasión en el Río de la Plata.
En 1769, en Ajaccio, ciudad francesa desde hacía un año, nace un niño que será llamado Napoleón.
Simón Bolívar nació en Caracas el 24 de julio de 1783, es decir en plena época de cambios en el imperio español americano. En efecto, hacia fines de siglo, muchos criollos ricos e instruidos concebían concretas aspiraciones de reforma y la alta burguesía venezolana se mostraba insatisfecha y agitada; la confianza en la capacidad y sabiduría de la corona estaba seriamente conmovida y se tenía conciencia de la debilidad y declinación de España como potencia mundial.