La carrera política de Ernesto Guevara duro solo doce años; un período muy breve comparado con la vasta fama internacional que obtuvo en tan poco tiempo.
Precisamente, este es uno de los elementos deslumbrantes y casi mágicos en la biografía del Che. Ese rasgo de un ciclo exiguo y fantástico sigue seduciendo a los comentaristas que prefieren, en general, referirse al guerrillero romántico, al ideólogo secreto de la revolución cubana, al profeta de un nuevo fanatismo armado, antes que intentar establecer una explicación integral de su figura, de ubicarla como producto de condiciones especificas, que se dan en el continente. En verdad, Guevara no ha sido realmente objeto de una interpretación sino de un uso; indagar demasiado en las razones de su eclosión como revolucionario, dirigente o teórico seria corroborar tesis que alterarían desagradablemente las conclusiones con que, tanto panegiristas como
enemigos, desean contentarse.
El mérito histórico de Guevara es haber demostrado a la vez que la revolución es posible y que el instrumento ideológico viable es una recreación funcional del viejo molde marxista-leninista; tanto los detentadores del statu quo latinoamericano como quienes se les oponen, pero sin trascender esos moldes anquilosados, han coincidido en propagar que toda la saga guevarista consistió simplemente en un error magnifico y heroico.
Sin embargo, su vida fue un encadenamiento crecientemente racional de circunstancias y de actos y el siempre procuró ejemplificar en su trayectoria el efecto de un determinismo consustanciado con su propia ideología. Pero este frío examinador de las realidades transgredirá dos veces ese proceso dialéctico, en dos actos voluntaristas que, aunque parezca una paradoja, fueron imprescindibles para que el arquetipo llamado Che existiera.
Uno, cuando en la adolescencia, su individualismo lo lleva a salirse de su c1ase social para ingresar a la mitad desposeída de la humanidad. El otro, cuando convencido de su soledad y falta de posibilidades, decide iniciar la guerrilla boliviana y sellarla con su segura inmolación. Solitario y, al mismo tiempo, consciente de estar integrado como nunca en la gran corriente de la humanidad, se quedó a morir en Bolivia, porque esa era la parte final y quizás decisiva para entenderla, de una grandiosa empresa que soñó como todo joven pero que, entre los pocos elegidos de la historia, pudo llevar a cabo como hombre. Una ráfaga de carabina terminó con su vida el 9 de octubre de 1967 en Bolivia; había nacido el 14 de junio de 1928 en Rosario, Republica Argentina.
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