William Shakespeare nació en Stratford-on-Avon en abril de 1564 de una familia perteneciente a la burguesía acomodada y desarrolló su actividad creadora entre los últimos diez años del siglo XVI y primeros diez del XVII. Pero en este lapso llevó al teatro treinta y siete dramas, algunos tan valiosos que han cambiado el panorama literario universal.
También actor, empresario y poeta lírico de primera magnitud, no fue tan fecundo como Lope de Vega ni tan original como para superar en cada uno de los aspectos de su arte escénico a los dramaturgos contemporáneos, pero su indiscutible y poderosa superioridad lo eleva a los más altos niveles del teatro universal.
Personalidad excepcional, su infatigable poder de creación dio vida a cientos de personajes dotados de inconfundible humanidad, a través de los cuales se percibe una misteriosa sabiduría y poesía, un conocimiento de lo dramático y lo lírico, en una fusión cuyo secreto se llevó consigo.
“Romántico por su fantasía que mana a borbotones como fuente perenne, tiene un severo concepto del arte, desarrolla una conciente voluntad, moderadora suprema e invisible, creadora de perfectas armonías. Acepta con placer la realidad escénica, seguro de triunfar con su poder de imaginación; se sirve de una habilidad técnica que logra reproducir todo cuanto el quiere: lo cómico y lo lascivo, lo trivial y lo sublime”.
Escaso - o perezoso - de inventiva, como algunos de los grandes españoles, cuando inventa levanta su vuelo hacia el símbolo y por doquier se desprende de la vida: pero al quedarse en ella, la contempla y la reproduce como lo haría un pintor con el cuerpo de la mujer amada.
Ni cristiano ni pagano, ni católico ni protestante, ve en los hombres compañeros de un breve viaje hacia lo alto, los distingue pero no los juzga, los comprende y los presenta: buenos, malvados, débiles, fuertes, pero cada uno con un destino propio. Cuando lo arrebata la emoción, su estilo es tenso, abrasado, estalla, volcánicamente: son los excesos del poderío, tan disculpables como las sutilezas del análisis en las pausas de la concentración intelectual.
Superadas estas dificultades, puede iniciarse la comunión con un espíritu universal que domina todos los sentimientos, formula todos los problemas, recrea la vida y le agrega el sueño. Todo el conjunto de su obra “participa de una misteriosa consagración; obedece al deseo de una mente que, desde lo alto. sonríe: llantos y risa, victorias y dolores, abyección y éxtasis. Todo está allí, como una segunda realidad del mundo del hombre, gran teatro de luces y sombras, obra viva que constantemente se enriquece con nuevos significados”.
Murió en su lugar natal. en abril de 1616.
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