Archivo para la categoría ‘Escultura’

15
Oct

Miguel Ángel Buonarroti

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Protagonista de primera magnitud, Miguel Ángel dominó con su arte casi un siglo entero, viviendo y situándose en el centro y, luego de su muerte, abriendo y sugiriendo las perspectivas del arte barroco y moderno. Nacido un año después que Ludovico Ariosto - en 1475 - y muerto el mismo año del nacimiento de Galileo Galilei, en 1564, su vida como expresión artística - en pintura, en escultura y también en poesía - hacen de él un espejo extraordinariamente nítido de su época, uno de sus personajes más notables. Desde sus primeros trabajos, Miguel Ángel signó su búsqueda con grandezas extraordinarias y con nítido lenguaje: sin contrastes, sin inseguridades.

Es la valorización primera de su quehacer que se desarrolla sin malentendidos y sin caídas y con el cual abre en modo sumamente original el discurso de su época sobre el hombre, dando vida al más excepcional testimonio espiritual y terreno que se posea en el campo de la expresión de uno de los siglos más dramáticos de la historia de Italia,

A lo largo de la vida de este artista - tal vez uno de los más grandes de todas las épocas - dio carácter a forma con su alta producción a su siglo y, sobre todo lo hizo en aquel aspecto de su expresión generalmente menos exaltado, es decir en la arquitectura a la que recientes estudio ha elevado a la categoría de protagonista propiamente dicha, también por se más perceptible por todos y condicionadora de una realidad que daba nuevo rostro al vivir cotidiano civil y religioso.

Con la arquitectura, más que con la pintura y la escultura, Miguel Ángel realmente signa al siglo con su genio, expresando a través de una visión dramática de los espacios, aquel concepto de universalidad clásica y de aspiración espiritual cristiana que se instituyen como las dos mayores componentes de la cultura y del alma del artista.

Es una especie de “vocación” espacial: y de ella descienden y a ella retornan las arduas y completas proposiciones de su arquitectura. Tal vocación ha sido interpretada por la crítica más moderna, también en el sentido urbanístico, casi como el signo revelador y anticipador de toda una nueva ciencia de las ciudades que con el rostro inconfundible de un gran siglo, se ha proyectado también a los siglos futuros.

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13
Oct

Leonardo Da Vinci

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El genio de Leonardo de Vinci -artista prodigioso, ingeniero profético- proporciona una de las mejores ilustraciones de la mentalidad renacentista, creadora infatigable de modelos y de esquemas a través de los cuales se esboza ya el rostro del nuevo mundo técnico e industrial.

Como sus contemporáneos, Leonardo no se contenta con profesiones de fe: aborda resueltamente el dominio de las realizaciones con el entusiasmo de toda experiencia en sus comienzos. Y puesto que, de algún modo, como hombre del Renacimiento, él es el objeto de su más alta ambición, quiere hacerse a sí mismo mediante la comprensión universal de todas las cosas y de su propia naturaleza. De allí la aspiración a transformarse en una enciclopedia viviente, su curiosidad alerta, su permanente búsqueda de nuevos campos del conocimiento y de la expresión.

Empresa digna de Prometeo y que no conoció el éxito en la medida de sus esperanzas, porque, aunque contenidos, los mitos antiguos todavía permanecen en la conciencia y el sabio de la época -Leonardo inclusive- no ha franqueado, como supone, las tradiciones, prejuicios y supersticiones. Resulta difícil hoy hacer justicia a las formas del pensamiento y del saber del Renacimiento, en tanto sus categorías no son las del discurso racionalista. Es preciso aceptar que estamos ante el límite de dos mundos intelectuales, ante un momento de “ambigüedades” en que los antiguos sistemas no han desaparecido del todo y una sociedad nueva pugna por nacer.

Embriagado por una libertad recién descubierta, el hombre hace de la curiosidad su virtud central, pero le faltan los medios indispensables para ponerla en funcionamiento y, antes que nada un lenguaje y un método. De allí que su audacia no sea jamás total y sus descubrimientos, aún los más proféticos, deban esperar todavía largo tiempo una justificación positiva, hasta el momento en que se cuente con una nueva evaluación de la condición humana.

Estas palabras valen para toda la época y para Leonardo en particular, que fue uno de sus representantes típicos, y encuentran su mejor expresión en las reflexiones de Vasari, donde pone en descubierto la falla secreta: “Verdaderamente admirable y celeste fue Leonardo… hubiera avanzado muy lejos… si no hubiese sido tan cambiante y variable; pues se ocupó de aprender demasiadas cosas que, apenas iniciadas, dejaba abandonadas… pero jamás dejó de dibujar y modelar y parecería que fue justamente su gran inteligencia para el arte la causa de que, habiendo comenzado tantas cosas, no haya terminado ninguna. Creía que su mano jamás podría alcanzar la perfección del arte…”.

Leonardo nació en Anchiano, comuna de Vinci (Italia) en 1452 y murió en Cloux (Francia) en 1519.

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