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Le Corbusier
Definir a Le Corbusier como un protagonista de al atormentada historia contemporánea sólo tiene sentido si se pone atención al rol particularísimo que él, como arquitecto, pudo desarrollar en el mundo actual, rol del todo diferente del que pudo tener el gran personaje político, o aún otro artista contemporáneo, por ejemplo un escritor o un pintor.
En efecto, su influencia como arquitecto nunca podría ser tan difusa ni inmediata; por el contrario se ha manifestado con retardo y es posible que deban pasar unos decenios para que se ejerza en toda su amplitud.
Con prodigiosa energía creativa, Le Corbusier mantuvo una inagotable polémica en la lucha contra lo antiguo y en favor de lo nuevo: puede por ello ser considerado un visionario ya que jamás dejó de predicar un modo de vida más confortable, más armónico, mas bello a una sociedad que se resigna con excesiva frecuencia a las calamidades que surgen del mismo ritmo de la vida contemporánea.
Egocéntrico como un niño, científico pero un poco Cagliostro, perseguidor tenaz y casi cínico de ocasiones para realizar sus arquitecturas, tuvo la fortuna de vivir en una época lacerada por las contradicciones políticas, las facciones en lucha, las guerras; la fortuna de vivir en un continente antiguo como Europa en el cual el industrialismo y la primera guerra mundial habían sólo comenzado la reacción en cadena de los trastornos más diversos del orden social tradicional; la fortuna de vivir en un país, como Francia, donde el régimen democrático siempre sufrió sacudidas entre movimientos reaccionarios y progresistas, por no hablar de los contragolpes de los países europeos: revolución rusa, fascismo. Por ello no parece difícil comprender hoy la dispersión que ejercería en el ánimo de un artista como Le Corbusier el eclipse de las instituciones democráticas, la gran crisis económica mundial, los espejismos de renovación que parecían ofrecer los nuevos estados totalitarios. Le Corbusier ofrece a este mundo sus propios principio, su arquitectura y por ello es “democrático” en Ginebra, “comunista” en Moscú, “fascista” en Roma. Pero, más allá de las opiniones interesadas, podemos decir que sólo tiene un interés fundamental: ofrecer al hombre la posibilidad de vivir según sus dimensiones y no esclavizado por el progreso.
Si bien el genio no es transmisible, Le Corbusier ha dejado una herencia, un testimonio, tal vez más grande que su arte mismo, que sus innumerables obras maestras; su constancia y su confianza en el hombre.
Nació en 1887 y murió en 1965.