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Arturo Jauretche

   Publicado por: Administrador en Intelectuales, Políticos

Un intento de biografía podría indicar que Arturo Martín Jauretche fue jurisconsulto, político, periodista y escritor. Sin embargo, todas definiciones no alcanzan a englobar su totalidad, pues en sus manos sólo fueron herramientas para llevar adelante su gran pasión: ser argentino.

Jauretche, nació un 13 de noviembre de 1901 en la bonaerense y campera Lincoln, antigua morada de los ranqueles, y murió en 1974, en un día que parece elegido para resaltar todo el itinerario ávido de su lucha: el 25 de mayo.

Fue el hijo mayor de un empleado, oriundo de Salto y de familia bearnesa, y una maestra, también descendiente de vascos y nacida en el territorio de las Misiones, que le regalaron siete hermanos.

Fue la joven promesa de la escueta oligarquía lugareña al influjo de su padre, funcionario municipal y figura clave del Partido Conservador de Lincoln, de quien, sin duda, toma sus primeras inclinaciones políticas, de neto corte antiyrigoyenista. Por otra parte, de su madre, tomará la inclinación pedagógica que caracterizará sus discursos orales y escritos.

Coloquial, polémico, con fino sentido del humor, lleno de desmesuras, mamó la herencia criollista y el rico anecdotario rural, desde los tiempos en que la vieja de su pueblo, doña Santos, le acercaba cuentos de aparecidos, en aquellos años en que su salud faltona le impedía andar por las calles a la par de los otros chicos.

De una inteligencia desafiante, disconforme con los distintos discursos que en las sucesivas coyunturas históricas iban apoderándose del habla y la vida cotidiana de los argentinos, Jauretche supo, de manera personalísima, proponer las alternativas para un pensamiento que tenía como eje la Argentina.

Nombre infaltable de cualquier emprendimiento serio de revisión del pensamiento nacional, deja su huella inequívoca en las dos principales corrientes políticas de nuestro país, el radicalismo y el peronismo, marca que él mismo explica por ser un paisano que siempre mira desde “las veredas de las multitudes”.

Tras radicarse en Chivilcoy y participar en las luchas estudiantiles por la Reforma Universitaria de 1918, se incorporó en 1922 al sector yrigoyenista de la Unión Cívica Radical. También actuó en la Alianza Continental y en la Unión Latinoamericana de Manuel Ugarte.

Tras el golpe de Uriburu en el ’30, gesta la reconstrucción radical y, asimismo, se atreve con la entrega entre épica y gauchesca de un largo poema, inspirado en las formas más tradicionales del decir de nuestro país que narra la sublevación que en diciembre de 1933 los herederos de Hipólito Yrigoyen, al mando del teniente coronel Roberto Bosch, protagonizan contra el gobierno fraudulento del general Justo y en la que participó, fusil en mano, a los tiros por las tierras correntinas hasta que, luego de la derrota, le llegó la cárcel.

Allí es donde escribe esa épica de título tan sencillo por lo referencial, como magnífico por lo simbólico, ‘El paso de los libres’, cuya edición será prologada por Jorge Luis Borges quien para esto usó la intermediación de un amigo en común: Homero Manzi. Borges calificará al poema como “merecedor de la amistad de las guitarras y los hombres”.

Solo un luchador

Luego de una pausa de dos décadas, durante las que escribe notas en periódicos de escasa circulación o arriesgando el cuero en la clandestinidad, puede leérselo en una sucesión de libros de ensayos políticos de gran repercusión. Entre ellos, ‘Los profetas del odio’ (1957), ‘El medio pelo en la sociedad argentina’ (1966) o ‘Manual de zonceras argentinas’ (1968) y ‘Filo, contrafilo y punta’ (1969) que sobresalen por la lucidez y la ironía y le garantizan el éxito con el público que empieza a aplicar la expresión “medio pelo” como categoría sociológica donde convergen clase media y alta. Por su parte, en nuestras zonceras, se reúnen los prejuicios, anteojeras y el aparato ideológico impuesto por los beneficiarios de la dependencia.

En 1935, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y otros fundó FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), agrupación que surge en desacuerdo con el levantamiento de la abstención electoral del radicalismo. En su período forjista alumbró ideas como “somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre” y reclamó “patria, pan y poder al pueblo”. De ese pequeño grupo marginado de la llamada política grande surgieron términos que luego serían cotidianos como ‘vendepatria’ y ‘cipayo’ pero, lo más importante, fue el primer intento orgánico de ver la Argentina con ojos argentinos y de crear categorías propias de análisis para entender la realidad. Allí se desnudo el “estatuto legal del coloniaje”.

“Me reservo la originalidad -y creo que exclusiva- de haber subido al caballo por la derecha y bajado por la izquierda en un país donde todos los políticos montan por la izquierda y bajan por la derecha”, narraba.

Luego del golpe contra Castillo, descubre a un coronel de apellido Perón de quien será consejero y para el que recogerá adhesiones de los radicales disidentes.

Propulsor de la nacionalización del Banco Central desde la década del 30, en 1946 se convierte en presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires al que transforma profundamente hasta que la caída en desgracia del gobernador bonaerense Domingo Mercante y la remoción del ministro de Economía Miguel Miranda lo alejan. Recién volverá a la función pública en 1973 cuando durante el breve gobierno de Héctor Cámpora es presidente del directorio de la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (EUDEBA).

Pese a estar en condiciones de hacerlo, Jauretche jamás reclamó derechos de autor sobre el discurso peronista y disintió profundamente con Perón quien, por otra parte, lo detestaba con cordialidad. Sin embargo, nunca dio pié para ser acusado de ‘divisionista’ y rescataba lo esencial sobre lo accesorio aunque esto fuera sumamente injusto para él. Es que estaba convencido que sólo con las mayoría se podría construir una patria distinta y siempre estuvo en esa vereda, porque para el “peronismo y antiperonismo son nombres. La realidad son las tendencias  nacionales y colonialistas. Hay que entender que lo que está en juego no es el peronismo-antiperonismo sino el destino de la Nación y que debajo de esas palabras está lo nacional y lo antinacional.”

Por eso, más allá de marginaciones, se sintió en la obligación de explicar y poner ideas en lo que, muchas veces, sólo fue pragmatismo.

Es que no fue ni político, ni escritor, ni sociólogo, ni economista sino un militante que para hacer más eficaz su tarea, entre otras cosas, publicó dieciséis libros pero nunca la novela de sus sueños.

Aunque en el ’35 se dio el gusto de componer con el seudónimo de Arturo Barrientos junta a Manzi y Piana la ‘Milonga de Puente Alsina’ que pese a haber tenido éxito en el público nunca fue grabada pues la Dirección General de Radiodifusión la rechazó.

“Yo no soy un literato sino circunstancialmente. Para mí los libros son simplemente un medio, ya que ni siquiera soy un investigador, soy nada más que un divulgador. De todos modos he tratado de lograr el arte de decir fácil las cosas difíciles. Generalmente parece que los escritores se esmeraran en decir difícil las cosas fáciles. Sobre todo ahora que tenemos este aluvión de masters y tecnócratas con todo ese vocabulario de corto, mediano y largo plazo, estructuras, profundidades, parámetros y ainda mais”, explicaba.

Maestro de la polémica y del panfleto, se ensañó con los popes de la ‘intelligentzia’ local, un término que resignificó del marxismo y con el que refería a quienes adecuaban “los hechos nacionales a los cuadros sinópticos confeccionados sobre hechos foráneos” y tomaban “ciertas verdades supuestamente demostradas -en otros lugares y en otros momentos- para deducir que nuestros hechos son los mismos e inducir a nuestros paisanos a no analizarlos por sus propios medios y experiencias”.

Fue así que apabulló a fuerza de prosa a varias de sus mejores plumas como Alicia Jurado, Victoria Pueyrredón, Liborio Justo, Mariano Grondona y Ezequiel Martínez Estrada.

Hombre de poner el cuerpo, se involucraba todo entero como cuando se batió a duelo con un militar retirado o cuando en una audición televisiva lo tildaron de nazi, corrió al ofensor facón en mano por todo el estudio.

Así llegará también, como parte de su militancia, el periodismo y sus colaboraciones en ‘La víspera’, ‘ Señales’, ‘Reconquista’, ‘Qué’, ‘El popular’, ‘Última línea’, ‘Dinamis’ y varias docenas de panfletos, sueltos y artículos muchos de los cuales no llegan a abandonar la imprenta secuestrados por bayonetas inoportunas.

Con ese tono pedagógico que lo caracteriza y con la doctrina que lleva como lema: “hay que pensar en nacional”, enseñó y recordó cosas como “con el pueblo, aunque tenga sarna”, que “la independencia de juicio no se perdona”, que es preciso estar “alertas para que los combatientes no sean reemplazados por los pensionistas del poder” o que “se cae cuando se coloca lo partidario por encima de lo nacional”.

Un luchador solo

Amigo del desafío, propone, en una conferencia de 1938, no dar la vuelta al mundo sino dar vuelta el mundo, hacer girar el mapa: “Nadie duda, al finalizar la conferencia, que siendo la Tierra redonda y estando en permanente rotación, el planisferio tradicional resulta el modo europeo de enfocar océanos y continentes y que sería natural en América Latina, otro, que arrojara a las grandes potencias a los arrabales del planeta”.

Esa forma de dibujar el mapa, le hizo contar que la campana que llamaba a la clase del pueblo, en su infancia de la época del Centenario, era un corte cotidiano entre dos mundos. Con un sonido análogo, pareciera querer cortar los planos de la realidad dada y la realidad posible cuando se dispone a formar un pensamiento nacional.

Sólo una vez disputó una candidatura, fue en 1961 cuando, convencido de que el abstencionismo de Perón sólo beneficiaba al líder y retrasaba “la mayoría de edad del movimiento nacional”, se lanzó a senador por la Capital del partido Laborista.

“Estoy acostumbrado a figurar en las listas de pelea , no en las de pago”, es que siempre aparecía en las difíciles. Desde el exilio, Perón apoyó a un ex conservador, Damonte Taborda y se dedicó a hablar de la “obstinación en servir a Frondizi” de Don Arturo quien critica a aquellos “que tienen para costearse el viaje y decir una adulonería empalagosa” a cambio de la bendición.

Pese a que no esperaba ganar, el resultado de las elecciones lo lastimó en lo más profundo: salió noveno de entre trece postulantes con menos de la décima parte de los votos obtenidos por el ganador Alfredo Palacios.

En sus últimos días anduvo preocupado por el futuro y por advertirle a los jóvenes montoneros que no se engañaran ni equivocaran, que “el día que la represión pase de la policía a la milicia, el ejército no procederá indagando justicia y razón, sino que si hay tiroteo en una manzana, fusila toda la manzana. Esa minoría de chiquilines combatientes ¿va a sobrevivir si liquidan a cinco o seis mil de entrada y meten en un campo de concentración a otros diez mil?”.

Convencido de que nada grande se puede hacer con la tristeza, señaló que “nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores a corto o largo plazo”.

Tal vez por eso cuando murió ni hubo ni reconocimientos ni homenajes, pero seguro que no se preocupó porque sabía que “el más difícil arte del demócrata es saber quedar sólo, cosa en la que fue maestro Hipólito Yrigoyen. Sólo al pie de la bandera abandonada, en la certidumbre de que un día, alrededor de ella, se reunirán las multitudes. Porque si el conductor no sabe estar solo, es que no cree en la bandera; no puede infundir la fe que le falta”.

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Esta entrada fue publicada el Martes, mayo 15th, 2012 a las 0:00 y está archivada bajo la categoría Intelectuales, Políticos. Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.

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