Serguei Prokofiev
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No lo habrá escrito, pero lo cumplió. Serguei Sergueievich Prokofiev, puro ruso aunque nacido en Ucrania (Sontsovka, el 23 de abril de 1891), debutó como un genio original, alumno de Liadov, Rimsky-Korsakov y Tcherepnin.
A los 17 era furiosamente antirromántico, inquieto como persona, como músico y como pianista. Siguió siéndolo prácticamente los 62 años que vivió, sólo que amortiguando su agresivo talento inicial según las directivas de los censores del partido bolchevique, que predicaban la necesidad de que la música (todo el arte) debía ser comprensible para el pueblo, entendido como masa.
En rigor, Prokofiev fue siempre comprendido, porque su audacia, su sarcasmo y la profunda originalidad de su obra nunca lo distanciaron de la aprobación de todo auditor sensible.
La cualidad cantable de casi todas sus melodías, la fuerza de los ritmos, fueran motóricos o bien danzantes y voluptuosos, no espantaron a casi nadie. No fue vulgar jamás, ni podía serlo un hombre tan inquieto y al mismo tiempo tan inteligente y sabio.
En la historia musical hay pocos ejemplos de un talento dirigido a estilos tan diversos. Su armonía, generalmente ácida, se puede endulzar a voluntad, el ritmo motórico se asocia con tiernas expansiones, y poder escribir “Pedro y el lobo”, los tres primeros conciertos para piano, las óperas “El amor por las tres naranjas” y “El ángel de fuego”, la cantata “Alexander Nevsky” y al inicio de su carrera “El paso de acero” desconcierta a los que quieren trazar de él un retrato posado, inmóvil. Mas versátil que él, pocos. Nunca fue superficial, aunque la facilidad de su escritura es engañosa.
Murió en Moscú el 5 de marzo de 1953, después de varios años inactivo y enfermo.
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