Richard Strauss
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Cuando tenía 33 años (edad clave, cuando intacta la rebeldía juvenil, ya se tienen experiencia y oficio) Richard Strauss decidió dedicarse a sí mismo la úmica obra que se conozca tan narcisista: “Una vida de héroe”, poema sinfónico. El héroe era él. Sus hazañas eran haber compuesto algunos poemas sinfónicos y canciones, y soportar las opiniones de esos inválidos musicales que son generalmente los críticos. ¡Ah! Una prueba fuerte era aguantar la charla insustanciosa de su mujer, la cantante Paulina de Ahna, representada por el violín solista mientras la responden rezongos de las trompas: “¡Si, querida; como no, querida!… “No consta como se sintió aludida Paulina, pero si se sabe que no le permitía andar por la casa sin calzar patines de fieltro, a el ni a sus visitantes. ¿Se imagina usted a Beethoven cuidando el piso?
Richard era hijo de un trompista que detestaba la música de Wagner y se lo hizo saber a este durante un ensayo de “Tristán e Isolda” dejando su lugar en la orquesta. El pequeño Richard, niño prodigio, estudió con su madre y ya desde los seis años compuso canciones. A los quince estrenó su Sinfonía en re menor, luego un Concierto para trompa y por fin una Suite para aerófonos, que dirigió el mismo a los 17, poco antes de que Hans von Bulow lo designara su asistente.
En 1882 comenzó a estudiar estética y filosofía en la Universidad de Munich donde se graduó sin abandonar sus estudios de música en forma privada. Poco después, Alexander Ritter, músico, poeta y filçosofo, lo induce a alejarse de la música “absoluta” para dedicarse a la dramática, como Berlioz, Liszt y Wagner. Una visita a Italia germina en una fantasía que fracasa pero lo convence de que está en buen camino, reafirmado en su poema “Macbeth” y en la serie que lo hará famoso antes de los 32 años: “Don Juan”; “Muerte y transfiguración” , “Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel”, “Asi hablaba Zaratustra” y “Don Quijote”, además de lieder (”Día de los muertos” y “Dedicatoria”, entre ellos) que eran los mejores en lengua alemana después de los de Schubert y Schumann.
Como se ve, nada heroico. Tampoco en lo sucesivo, cuando dirigió sus obras en Weimar y Munich y luego como director de la Filarmónica de Berlín, con la cual viajó por Estados Unidos, donde estrenó “Sinfonía doméstica”, otra autobiografía. Con el poeta Hugo von Hoffmannstahl como libretista trabajó a la perfección en sus seis óperas más importantes y exitosas. Hugo murió en 1929; Strauss contó después con la colaboración de Stefan Zweig para “La mujer silenciosa” (1935), pero como gobernaba Hitler y Zweig era judío, lo reemplazo por Joseph Gregor para “Un día de paz” (1938) y para “El amor de Danae” (1952). También compuso “Capricho” con texto de Clemens Krauss. Ya no era “moderno”, pero en Alemania ocupaba la cumbre, su situación pecuniaria era principesca y el régimen nazi lo colmó de honores en tanto fue un súbdito fiel. En 1935 dejo sus cargos oficiales y se retiro a su mansión alpina. Durante la Segunda Guerra vivió casi siempre en Suiza. Murió el 8 de setiembre de 1949. Su despedida musical fue “Metamorfosis”, donde cita melodías de Beethoven (Heroica) y de Wagner (Tristán) con ánimo melancólico. Pero nunca fue un héroe.
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