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Leonardo Favio

   Publicado por: admin en Arte, música

Parece que el hombre nació en Luján de Cuyo, Mendoza, el 28 de mayo de 1938 y que se llama Fuad Jorge Jury. “Fui un raterito que huía de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia. Conocí el hambre sin romanticismos literarios y cuando fue necesario robé para comer3″. Fue a parar a lugares como el hogar “El Alba”, el colegio Don Bosco o el Agote, en Buenos Aires, y la Alcaldía de Menores en Mendoza. Altemativamente, de esos sitios se escapó o lo echaron a patadas. En años posteriores su vinculación con las Instituciones siguió siendo estrecha: pasó por un seminario, estuvo unos seis meses en la marina, conoció la cárcel. Después, o simultáneamente, quiso ser boxeador pero su madre lo convenció de lo contrario. A través de ella, que se dedicó a escribir libretos radiales primero en Mendoza y después en Buenos Aires, Favio llegó a interpretar radionovelas. El género lo apasionó. . De nuevo en Buenos Aires, debutó como actor cinematográfico con un papel -mínimo- en El ángel de España (Enrique Carreras, 1957). Peronista de raíz, Favio tuvo un primer desliz político en esta época cuando se afilió sorpresivamente al PC: “Pero no por razones políticas. Me agarré un metejón bárbaro con una piba y como ella estaba en el partido, yo me afilié. Duré hasta que ella me pateó”.

Como actor, sus primeros papeles importantes los obtuvo en 1958 con Leopoldo Torres Nilsson en El secuestrador, y con Femando Ayala en El jefe. Desde allí fue una presencia de singular intensidad en casi todas las películas que interpretó y se impuso con menos vocación y talento que inteligencia y personalidad. Simultáneamente lo fascinó el cine que se veía en las funciones del Cine Club Núcleo, especialmente Robert Bresson, y siempre reconoció esas influencias: “Es un error no hurgar en los orígenes de uno o estar acomplejado, porque uno va siendo como la prolongación de eso que va dejando la gente, y tiene que ir absorbiendo de cada obra lo mejor. Eso es lo que te va alimentando y te va haciendo crecer. Y entonces yo tomo de todos, no sólo de Bresson: de golpe un gesto te da para toda una obra, algo que triste en una película, o en un libro, o en un dibujo. Todo le tiene que servir para alimentarte, no para inhibirte”.

El vínculo con Torre Nilsson fue decisivo en esa formación profesional, se prolongó a otros cinco largometrajes y justificó la dedicatoria de Crónica de un niño solo (1964). “Estoy seguro que mi cine a partir de Crónica fueron los repetidos intentos míos para deslumbrar a Babsy [Nilsson] y que me quisiera más.

En 1960 realizó un cortometraje titulado El amigo, y él mismo ha desacreditado esa primera experiencia alegando que lo hizo sólo para impresionar a la actriz María Vaner. La anécdota es mínima y nocturna: un lustrín en la puerta de un parque de diversiones fantasea con la posibilidad de entrar. Quienes vieron El amigo lo recuerdan como un trabajo de singular honestidad y frescura, que anticipaba elementos de sus primeros films. “El mundo de la niñez, el abismo de la soledad, la indiferencia de los mayores, el valor de la amistad, la importancia de un mínimo gesto de acercamiento o comprensión”.

Aunque alguna intelectualidad lo trató con displicencia, el corto tuvo premios y generó más ideas. Favio llegó a Crónica de un niño solo procurando concretar otros dos cortos con niños, uno en un reformatorio y el otro en una villa. Crónica de un niño solo sorprendió a muchos críticos desprevenidos, y los sorprendió favorablemente. Allí había, además de toda influencia, una personalidad que sabía combinarlas y proporcionar una uniformidad absolutamente propia. Es tan elocuente esa cámara que se sacude con Polín mientras éste corre en círculos por la sala del internado, como ese otro plano cenital de los chicos con sus visitas. Favio no proporciona sentidos pero sabe, siente, que había que lograr así esa elocuencia: “Yo recuerdo que cuando escribí ese guión, lo escribí pensando un decorado para una angulación de cámara, para una de las primeras tomas, que es una así para abajo del centro del edificio que hacia de reformatorio. Y en el libro está así. Y cuando yo salgo a ver decorados, comencé a buscar edificios antiguos que tuvieran esa galería central. Y lo encontré en la Facultad de Arquitectura de entonces. Ahí estaba todo el decorado”.

2 “El ritmo tan intensivo de trabajo hace que una vez iniciada la primera semana no exista ya tiempo real de contar con una planificación exacta para cada día. La secuencia del Circo, donde Gatica conoce a su primera mujer, se adelantó una semana por motivos de producción y fue necesario diseñar y realizar la ropa de toda una troupe circense en dos días”.

La unánime respuesta crítica de Crónica no se repitió en el público, pero eso no disminuyó el fervor. En 1965 terminó Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más, pero no pudo estrenarlo hasta 1967. El film retomaba ambientes y personajes humildes y buceaba más intensamente en sus tiempos interiores, con la melancolía de Crónica transformada en pesimismo. Polín pierde pero vive y es chiquito; Aniceto pierde pero se muere.

Aparece la idea de filmar Juan Moreira. Los radioteatros no son ajenos al proyecto: “Siempre amé el género. Juan Moreira nació de escuchar una versión radiofónica de mi amigo Ubriaco Falcón. La mitología y la imaginación del pueblo se mezclan en una complicidad misteriosa8″. El asunto cuesta demasiado y Favio no es un realizador rentable. En cambio trabaja en la adaptación de El dependiente, un cuento de su hermano Zuhair Jury. Ambos han colaborado estrechamente en los libretos de los los films previos. En mayo de 1967, todavía sin ver el estreno de Este es el Romance…, Favio fue a parar al Instituto De Cursatis con una sobredosis de somníferos.

Se repone. En junio de 1968 encuentra por primera vez a la censura. El dependiente, que ha producido Torre Nilsson, fue calificada “De exhibición no obligatoria” por una Comisión Asesora del Instituto Nacional de Cinematografía. Ello suponía su exclusión de todo beneficio contemplado por las leyes de fomento al cine nacional que estaban en vigencia entonces. Del apuro salió tras la intervención personal del director del I.N.C., coronel Adolfo Ridruejo, quien recalificó el film como “De exhibición obligatoria” y ratificó esa decisión enviándolo a participar en distintos festivales internacionales.

La crítica especializada consideró El dependiente su film más notable pero sus problemas con el I.N.C. no contribuyeron a mejorar el rendimiento comercial. Ello condujo al sorpresivo lanzamiento de Favio como cantante melódico (”Hice canciones muy simples para que Neruda no tuviera nada que temer”). Torre Nilsson también apoyó esa tercera y exitosa inclinación, produciendo Fuiste mía en un verano, que dirigió Eduardo Calcagno en 1969.

En algún momento Favio renegó o fingió renegar de sus primeras películas, argumentando que en ellas se había olvidado de llegar a la gente. Retratarla, capturar sus tiempos, dijo, no es lo mismo que alcanzarla, conmoverla, sacudirla. Fernando Solanas le hizo por entonces una crítica parecida, pero la objeción no tiene mucho sustento porque parte del error de intentar una explicación racional de un fracaso de taquilla, cuando nadie puede prever con certeza el comportamiento del público. Favio mismo ignoraría esos argumentos al reencontrar su primer lenguaje en Soñar, soñar… (1975) y también al responderle a un periodista en 1993: “¿Y quién le dijo que el pueblo no es intelectual? ¿O es que los intelectuales no son pueblo ?”.

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Esta entrada fue publicada el Martes, Marzo 10th, 2009 a las 0:00 y está archivada bajo la categoría Arte, música. Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.

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