Jules Massenet
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En la región central francesa nació Jules Massenet el 12 de mayo de 1842, cuando aún vivían Berlioz, Mendelssohn, Chopin, Liszt, Schumann (ya depresivo), Rossini, Donizetti y Gounod. Su padre había sido oficial en el ejército de Napoleón y cuando los Borbones volvieron a ser reyes de Francia, renunció a su grado y decidió ser herrero en la ciudad de Montaud. Ya había engendrado varios hijos y la pobreza no lo detuvo. Jules fue el octavo y último. Aprendió de su madre el piano, pero el día de la primera lección (febrero de 1848) estalló la revolución antimonárquica, eslabón de una cadena que sacudió toda Europa y cambió muchas vidas, entre ellas la de Wagner. Los Massenet se fueron a París a pasar hambre, pero el pequeño fue enviado al Conservatorio y encontró un trabajito: tocar el timbal en las orquestas.
A los 21 años ganó el Premio de Roma y pasó allí tres años felices. Conoció por intermedio de Liszt a su futura esposa, con quien se casó a los 22 años. A los 25 estrenó su primera ópera, La tía abuela, e interrumpió su carrera para ser soldado de la Guardia Nacional durante la guerra que Francia perdió ante Prusia en 1870. Al reanudarla creó su primera pieza famosa, Invocación para el drama Las Erinias, que el mismo arregló más tarde como Elegía, para violoncelo y piano, más tarde con texto de Gallet. A los 41, 43 y 45 años logro éxitos mayores: los oratorios María Magdalena y Eva, y la opera EI rey de Lahore, respectivamente.
Ya era miembro de la Legión de Honor y de la Academia de Bellas Artes cuando escribió Herodias (1881), Manon (1883), El Cid (1885), Werther (1892), Thais (1893) y Salo (1897). Llegado a la cumbre de la fama a los 50 años, escribió todavía El juglar de Nuestra Señora a los 60, Don Quijote a los 68, Cleopatra (estrenada después de su muerte) y Amadis (ídem, 1914).
Se dijo de el que había continuado su labor hasta los 70 años sólo por el afán de mantener su alta situación económica y profesional. Hay mucha envidia en esto. Se aduce la menor inspiración de sus últimas obras comparadas con Manon. ¿Acaso no ha ocurrido lo mismo con Berlioz, con Brahms y con tantos creadores? Pocos compositores han producido en continuo ascenso, y algunos renunciaron a crear por temor a mostrar su decadencia: Rossini, Sibelius…
Massenet tomo un camino muy distinto de la ópera en sus últimos años, cuando compuso series sinfónicas: Escenas húngaras, Escenas dramáticas, Escenas pintorescas, Escenas napolitanas, Escenas feéricas, Escenas alsacianas en las que luce su insaciable curiosidad expresiva.
Debussy opinó: “Massenet fue tal vez la víctima del juego de abanicos de sus bellas auditoras… quiso a toda costa esas palpitaciones de alas perfumadas… era querer domesticar a una bandada de mariposas. Tal vez no le faltó más que paciencia”.
Siempre se encuentran razones para discutir y criticar a los que tienen mucho éxito. Su manera tierna, sentimental, su toque de melancolía, ganaron para las óperas de Massenet una adhesión que se renueva cuando se oyen Manon, Werther o Thais, donde el sentimiento romántico se expresa con sencillez y eficacia innegables.
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