Jacques Offenbach
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Cuando se habla de grandes músicos, se pasa por alto a Jacques Offenbach. Pero quien vio “Los cuentos de Hoffmann” no lo olvida. Su ópera “seria”, que no llegó a concluir, es perfecta en dos tercios de su transcurso, y entre sus 102 operetas hay por lo menos diez obras maestras que podrían ser consideradas óperas bufas de las mejores y mas divertidas. Lo es “Orfeo en los infiernos”, una chanza que traspone el mito griego al ambiente de la burguesía en 1858 (que se llamaba “belle epoque” porque era amable, aunque no para todos). También “La bella Helena”, insuperable broma sobre la guerra de Troya que data de 1864. Asimismo en “Barba Azul”, las esposas del feroz tirano gozan todas de buena salud…
Y “La vida parisiense” (1866), contratipo del París seductor. Y “La gran Duquesa de Gerolstein” (1867), donde la política y los militares se muestran al revés. Y “La Perichole” (1874), que podría ser una “Clemenza di Tito”, pero en el Perú colonial del siglo XVIII… Quizá no hubo un compositor tan dispuesto a hacer reír con el ridículo de lo solemne y lo falso. Ni siquiera Rossini o Donizetti. Pero el inconveniente de esas obras es que se cantan en francés y exigen actores sutiles, picaros, elegantes, lo que no es el caso corriente. Peor: no tienen como fundamento el bel canto peninsular. De modo que fuera de Francia no han tenido mucha difusión, porque el francés no es ahora idioma popular, y menos aun en América.
Esa valla pudo superarla “Los cuentos de Hoffmann”, fantástica, profunda pero no solemne ni acartonada, amena, divertida, con cinco partes breves y muy distintas, al alcance de todo público aunque no entienda el francés. Es sabia, pero no lo parece. El hombre que la compuso llegó a cumplir 61 años, en una vida digna de ser argumento de otra ópera. Nació en Colonia, Alemania, el 20 de junio de 1819; se llamaba Jacob, era hijo de Isaac, encuadernador y cantor de sinagoga, que le enseñó el violín. Otros, el chelo, y con ese capital el chico, llevado a París -donde la condición de judío le seria menos molesta- prosiguió estudiando en el Conservatorio y logró ingresar como chelista en la Opera-Comique (que no significa opera cómica, sino un género lírico especial así llamado en Francia y que es equivalente a la zarzuela hispana).
Fue director de orquesta y escribió parodias musicales, pero debía abrirse camino por sí solo. Fundó su propio teatro, Les Bouffes Parisiens, que se convirtió en la atracción ineludible de Paris. Bajito, débil, elegante, patilludo, bien vestido, sus obras conquistaron a todos, pero no a un critico estúpido que lo atacó de tal modo que todo París quiso ver “Orfeo en los infiernos”. Fue la apoteosis. Pero Francia cambió de signo al perder la guerra de 1870 contra Alemania y hubo un déficit que afrentó con hidalguía, pagando hasta el último centavo.
Su ambición de crear una ópera seria lo sostuvo con vida hasta que un ataque de asfixia terminó con él, el 4 de octubre de 1880.
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