Doménico Cimarosa
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Entre los talentos del arte hay, por lo menos, dos clases: los que inician un rumbo, como proa de barco, y los que llevan su arte a una culminación por la síntesis, maestría y perfección de la factura. Entre los primeros, que son los menos, la música cuenta a los, Gabrieli y Gesualdo, en el siglo XVI; a Frescobaldi y Monteverdi en el XVII; a Gluck, Alessandro Scarlatti y Pergolesi en el XVIII; a Beethoven, Liszt, Berlioz, Mussorgsky y Wagner en el XIX, a Debussyy, Stravinsky, en el XX. Los genios de la síntesis se dan mucho más: Dufay, Lasso, Bach, Haendel, Vivaldi, Mozart, Haydn, Schubert, Verdi, Ravel…
Cimarosa encontró todo hecho, no aportó nada nuevo, pero en la historia de la ópera bufa hay que colocar por lo menos tres títulos suyos: “El matrimonio secreto”, “Astucias femeniles” y “Horacios y Curiacios”. Es conocido lo que ocurrió al estrenar “EI matrimonio secreto”: el emperador Leopoldo, de Austria, luego de presenciar la obra, alegó que no había podido gustarla cabalmente y pidió que se cantara otra vez. Hubo que complacerlo. Cenaron los artistas y, hora después, se repitió la ópera.
En su época, la competencia entre los compositores del género bufo era muy dura. Anfossi, Paisiello, Piccini y Guglielmi no eran rivales desdeñables. Pero Domenico sobresalió por la seductora melodía de sus óperas, la gracia infalible con que resolvía las situaciones teatrales. Su prestigio era europeo: se lo representaba en Venecia, Praga, París, Varsovia, Madrid, Viena y, por supuesto, Nápoles. La vida lo desquitó de su infeliz comienzo: la muerte de su padre siendo niño, la pobreza. Fueron los frailes de un convento quienes le dieron la primera educación y le facilitaron estudiar en un conservatorio de Nápoles, de donde salió sabiendo tocar clave, violín y órgano, además de cantar.
Había nacido en Aversa, cerca de Nápoles, el 17 de diciembre de 1749, y murió en Venecia, el 18 de enero de 1801, quizá de cáncer.
Por haber tomado partido por la republica contra la restauración borbónica, fue encarcelado cuatro meses y liberado gracias a la mediación del cardenal Consalvi. Sus restos fueron dispersados cuando se demolió en Venecia la iglesia de San Miguel Arcángel, en 1837.
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